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14 de abril de 2012

LA TORMENTA



Caminaba despacio… indiferente… dirigiéndose con parsimonia hacia cualquiera de las mesas que, perfectamente alineadas, ocupaban el fondo y los laterales de la plaza. Colgando del hombro, ligero de peso, un pequeño bolso de mano donde solía llevar siempre, por costumbre, un puñado de hojas vacías plegadas por la mitad, un pequeño muestrario de objetos personales y, de vez en cuando, alguna edición de bolsillo. Sorteó las primeras hileras y, aparentemente al azar, escogió una mesa de entre las que se encontraban libres, dejando a un lado, en la silla más cercana, el bolso y la chaqueta. Un fugaz vistazo le permitió comprobar que tenía una perspectiva inmejorable y que, sin esfuerzo alguno, dominaba todos los ángulos y paisajes de la plaza, tomándose su propio tiempo para observar alrededor.
Los árboles, recién podados, proyectaban lánguidas sombras sumisas sobre el pavimento de otoño. Se entretuvo en contemplarlas. Mientras jugaba a adivinar formas o construir figuras imposibles, fue quemando minutos y minutos sin darse cuenta de que sus pensamientos quedaban a la deriva y que un océano de vaguedad y brumas se apoderaba de ellos. Demasiados amores y ausencias imposibles. Demasiados silencios obligados. Demasiada soledad acostumbrada. En ese estado, su voluntad llegaba a ignorar que aquellas siluetas caprichosas le acercaban, cada vez más, a un mundo indefinido poblado de huellas turbias y fantasmas que nunca debieron existir y que el tiempo -¡siempre el tiempo!- debería haberse encargado de enterrar bajo capas y capas de recuerdos inservibles. Pero nunca fue capaz de someter su pasado...
El griterío de los niños y el sonido metálico de unos cuantos rostros sin nombre le rescataron de un letargo incierto. Suspiró. Abrió el bolso. Sacó las hojas de papel y se dispuso a escribir… “Cada paso que doy en el silencio /es un salto de horror /en el vacío.. /.”
Apenas hubo esbozado unos pocos versos cuando el día se oscureció. La luz, escapándose a trompicones por costuras recién rasgadas, huyó aterida de frío y espanto. Antes de que nadie fuera capaz de predecirla, la tormenta se anunció a sí misma entre un mar profuso de nubes toscas y un hechizo de relámpagos, mudos e inquietantes, se instaló entre ellos. Súbitamente, sin saber, ni entender, siquiera cómo, un abismo de truenos surgido de la nada se desplomó sobre las voces anónimas que, entonces, llenaban la plaza…
Por un momento tuvo una sensación extraña. Fue un instante. Tan sólo un parpadeo… Pero había algo delirante en aquella intermitencia de relámpagos serpenteando en el cielo. No acertaba a identificar el motivo, ni la manera en que lo hacía, pero le turbaba el sonido aguardentoso de aquel estruendo repentino.
Algo -no sabía bien qué, no sabía bien cómo- le prevenía de la penumbra instantánea que destilaba ese cielo entoldado. Y aunque el bullicio y tráfago seguían presentes… Aunque, en apariencia, todo seguía igual –casi igual-, podía percibir el contorno de los nuevos silencios que, poco a poco, se dibujaban en esa tarde de cenizas.
Para cuando estalló había una emoción contenida en el aire y flotaba ya un aroma de inquietud disfrazada… Un torbellino de lluvia se desató envolviéndolo todo. Pudo observar, fugazmente, el movimiento frenético de la gente. Unos –los menos- encontraron pronto refugio y pudieron resguardarse de aquel diluvio implacable. La mayoría tuvo el tiempo justo para recoger sus cosas de las mesas, antes de que se mojaran, y salir corriendo. Otros, como él, aceptaron lo que ya comprendían inevitable y, simplemente,  se abandonaron –resignados- a esa especie de conjuro místico que suponía notar la lluvia empapando la ropa, el cuerpo, los folios en blanco donde, esa tarde -ahora tarde de plomo- había estado escribiendo un nuevo poema, o quizá fuera el mismo poema de siempre, la misma y única palabra en que se redimen todas las palabras.
Quizá por eso pudo verla. Quizá por eso pudo percatarse de su paso quedo, de su presencia silenciosa entre las sombras de los plataneros desnudos. No supo bien cómo apareció ni de dónde había salido. Hoy no entendía nada. Pero eso apenas importaba porque su sola presencia lo llenaba todo.
Permanecía en medio de la lluvia. Los ojos cerrados. La cabeza ligeramente ladeada. Imperturbable. Ajena a todo. Diferente a todos. Sin resguardarse. Sin apresurarse. Apurando, muda e inmóvil, el tiempo. Uniéndose, en un abrazo invisible, a la lluvia.
Desde donde estaba pudo contemplarla sin trabas. Paladear su silueta etérea. Saborear su ingravidez marchita. Pudo observar el pelo cobrizo, casi rojo -casi fuego- apagándose bajo el aguacero, cayendo sobre los hombros, resbalando, lacio, sobre el pecho. El cuello blanco, finamente dibujado, elegante... No pudo seguir repasando cada línea, cada curva, los pliegues de su cuerpo desusado, porque Ella, lenta, cadenciosamente, rectificó la postura, irguió la cabeza y abrió los ojos.
Y al abrirlos, su mundo, su indolencia, hasta él mismo, estallaron en mil pedazos y no pudo hacer nada sino bucear en ellos. Y al sumergirse creyó escuchar que el alma, su propia alma desahuciada, retumbaba golpeando en medio del desierto… Al mirarlos pudo ver unos ojos turquesa interminables. Los ojos más tremenda y salvajemente tristes que hubiera visto jamás en su vida. Llenos de una tristeza que, de grande, resultaba eterna. Desolados hasta la infinitud… Perlados por la lluvia… Anegados en un dolor irreconocible… Cargados con el lastre de un tormento que le resultaba tan desconocido como inabarcable.


Supo, de pronto, que le bastaría con hundir las manos en esa mirada para acariciarle el alma entera… Y una vez más, sucumbió…. Una vez más se supo náufrago en aquella mirada sin orillas… Estaba absorto… perdido en aquel mar de ojos nublados. Cautivado por Ella. Era incapaz de dejar de mirarla… de rechazar un solo instante esa visión. Incapaz de apartarla de sí… No podía describirlo. No había palabras suficientes. No existía la palabra capaz de albergar tanta tristeza y misterio.
Ella le miró. Se sintió desnudo. Insignificante. Un pálido reflejo del silencio de puntos suspensivos en que había convertido su vida. Pero también, con claridad, pudo sentir la desnudez evanescente y el sofocante sudario de soledad que Ella vestía. Ante su imagen, quieta, tuvo la turbadora convicción de que todo era posible. Ante sus ojos, teñidos de mar maldito, tuvo la certeza de que se podía vivir y morir arrasado entre mareas de dolor y olas de melancolía.
Ella continuaba allí. Los dos seguían allí. Las almas y los cuerpos empapados. Inertes… Inermes… En un movimiento apenas imperceptible extendió la mano hacia él. Fue un gesto suave, delicado. Le pareció percibir -no estaba seguro- una leve aureola envolviendo la mano. Pero quizá fuera sólo imaginación suya… quizá un fugaz efecto de la seducción. Y sin embargo una corriente inmaterial, intangible, le empujaba. Una fuerza oculta, a la que no era capaz de oponer resistencia, tiraba de él hasta arrastrarle. No era capaz de resistirse. Podía notar su derrota de antemano. Quizá porque había estado deseando esa derrota desde el momento mismo en que la vio.
Notó cómo el suelo desaparecía y se deslizaba bajo sus pies… cómo se desplazaba…. Notó la levedad de su movimiento mientras se hallaba suspendido en el aire, sobre el suelo. Cuando llegó a su lado ya había claudicado. Plegó las ansias  y se dejó inundar por la sal de su mirada de olas batientes... Ella recogió su mano entre sus dedos. Y al rozar la piel el tiempo se paró. Y su mano se abandonó y vivió en Ella … Y el tacto frío y delicado bastó para convertir sus ansias en deseo. Y el deseo en pasión y locura... No supo no pensar en Ella. No supo no amar la sima de sus dedos. No supo no desear los valles, cada playa de su cuerpo de crepúsculo cerrado… a Ella entera. Todas las mujeres, todos los seres, llevaban su rostro, sus ojos, su piel, su aroma a noche sellada y rumor de tormenta.
Y entonces abrió la boca, caracolearon sus labios de nieve, y, mirándole, tejió un susurro de voces que el viento acercó y alejó de él a su antojo. Y amó aquel murmullo de desamparos trenzados. Y amó, también, esa voz profunda… Amó la negrura de esa voz de hielo y escarcha. Amó todo… cada sonido… cada palabra… Eran palabras de humo…. palabras de niebla… de nubes y sueños... Palabras de otras épocas… de otros mundos… otros tiempos…
Y aunque no fue capaz de entenderlas pudo sentir que algo se helaba y arrebataba dentro de él. Pudo sentir que estaba en el centro mismo del Universo. Sentirse a merced del Todo y de la Nada. Sentir la lluvia de una forma que nunca había percibido. Distinguir cada una de sus gotas, su forma, la música que hacían al romper. Pudo sentir el beso del viento, la caricia del temporal, el flujo perenne de la tempestad. Fue vida y muerte. Fue trueno y relámpago. Luz y tinieblas. No sabía cómo pero era totalmente consciente de que había rozado su condena. El vértigo eterno de saberse sin principio ni fin. Y la amó y se convirtió en Ella… Fue Ella. Desde lo más íntimo de su ser sintió que hubiera querido liberarla de ese castigo de siglos… Hubiera querido tejer un manto de noches para espantar su eternidad desierta… Construir un oasis de lunas para aventar su cansancio. Deseaba ser todo… Redimirla…. Acabar con la penitencia de brumas que encadenaba su mirada para siempre… Para siempre ocupar su lugar en la inmensidad del tiempo.
En ese momento, justo en la cima del delirio, el caos se detuvo. Igual que empezó cesó de golpe.  La naturaleza recompuso su orden y el laberinto, construido a golpe de deseos amontonados, se desmoronó como si un dios lejano y sin nombre hubiera cortado los hilos invisibles que lo unían al Universo. De repente se sintió abandonado… De repente se sintió a solas con su recuerdo. Levantó la mirada humedecida…
No supo cuánto tiempo estuvo así pero comprendió que había visto a través de Ella y experimentado su dolor y vacío. Y comprendió también que todo había terminado, que atrás dejaba sueños de orillas olvidadas y huellas de una eternidad doliente… Cerró los ojos. Aturdido. Aún se sentía hechizado por aquel vahído extraño, aquel embrujo maldito… El vértigo… Era consciente de él. Sacudió fuertemente la cabeza y los abrió.
Sin que se hubiera dado cuenta, había dejado de llover. El cielo se había abierto y dejaba entrever un reguero de estrellas minúsculas. La tarde, ya casi noche, seguía siendo una tarde de cenizas, pero algo había cambiado. Algo además de la lluvia cesada… El rumor de vidas volvía a dejar su rastro en las calles. Pero nada era ya igual. Faltaba Ella... Ella y su presencia silenciosa y plena... Aún esperaba ver el dibujo de sus pasos pero, aunque miró en todas las direcciones, se había ido.
Acomodó el nuevo fantasma junto al limbo de tiempos muertos que habitaba sus recuerdos y sonrió. Se sabía una isla en medio de aquel paisaje que, más que nunca, se le antojaba una procesión de otoños vacíos sin Ella…
Con Ella se fueron el paso quedo y la melena cobriza.
Con Ella desapareció la lluvia y el océano de su mirada inagotable.
Con el eco de su ausencia marchó la sombra infinita entre los desnudos plataneros.
Con Ella se fue la tormenta.
Quizá fuera porque la tormenta vivía dentro de Ella.
Quizá fuera, lo supo entonces, porque Ella era la tormenta.


AGRADECIMIENTOS:
Gracias a Manuela Marín, convertida en  cómplice lectora e improvisada correctora de estilo, aunque espero que no muy a su pesar.


                                                                                                             RAMÓN IGLESIAS /  ABRIL-2012