Páginas

18 de septiembre de 2011

EL PUENTE DE LOS EXTRAÑOS



Y así acabó todo o quizás así hubiera debido acabar todo. Nunca pudo llegar a saberlo. La tarde tranquila. El sol, pendiente aún de refugiarse en el ocaso de sus horas, empezando a cargar con el peso del atardecer. Y él… Él con paso lento. Suave. Sin prisas. Dejando que cada paso se sucediera a sí mismo en una intermitente sucesión de huellas sin dueño. Un rítmico goteo de voluntades anónimas que le conducía, al amparo de la liviandad de los primeros días de otoño, sin rumbo fijo ni destino final. Una imperceptible brisa mecía sus recuerdos arrinconados en forma de hojas muertas. Pero él no lo sabía. Lo desconocía. Sólo caminaba, tranquilo, como la tarde. Sólo paseaba su soledad sin amargura. Sin percibir el vacío que contagiaba cada movimiento. La dulce inercia de saberse solo, de vivirse solo. El sosegado ejercicio de digerir que nadie le esperaba y a nadie importaba. Como sentía él. Nadie importaba. A nadie esperaba...

A veces hacía un alto en el camino. Llevaba unos años notando que el tiempo se abrazaba a él en un gesto de surcos y arrugas mimosas. Necesitaba ese pequeño alto. Detenía el paso. Levantaba la vista y observaba. No sabía bien qué. Miraba, sin ver. Buscando sin buscar. Y en cada acechanza, en cada mirada, encontraba siempre la niebla del pasado.
¿Continuará?...