LOS MUNDOS DE PABLO LIER
Un rincón donde acoger ese arroyo de palabras que abandonan el alma... A veces sólo retales... retazos de una vida... Un espacio donde sumergirse por dentro y por fuera... Apenas una perspectiva inquieta, un dejarse ir y perseguir con la mirada...
2 de mayo de 2013
14 de abril de 2012
LA TORMENTA
Caminaba despacio… indiferente… dirigiéndose
con parsimonia hacia cualquiera de las mesas que, perfectamente alineadas, ocupaban
el fondo y los laterales de la plaza. Colgando del hombro, ligero de peso, un
pequeño bolso de mano donde solía llevar siempre, por costumbre, un puñado de
hojas vacías plegadas por la mitad, un pequeño muestrario de objetos personales
y, de vez en cuando, alguna edición de bolsillo. Sorteó las primeras hileras y,
aparentemente al azar, escogió una mesa de entre las que se encontraban libres,
dejando a un lado, en la silla más cercana, el bolso y la chaqueta. Un fugaz vistazo
le permitió comprobar que tenía una perspectiva inmejorable y que, sin esfuerzo
alguno, dominaba todos los ángulos y paisajes de la plaza, tomándose su propio tiempo
para observar alrededor.
Los árboles, recién podados,
proyectaban lánguidas sombras sumisas sobre el pavimento de otoño. Se entretuvo
en contemplarlas. Mientras jugaba a adivinar formas o construir figuras
imposibles, fue quemando minutos y minutos sin darse cuenta de que sus
pensamientos quedaban a la deriva y que un océano de vaguedad y brumas se
apoderaba de ellos. Demasiados amores y ausencias imposibles. Demasiados
silencios obligados. Demasiada soledad acostumbrada. En ese estado, su voluntad
llegaba a ignorar que aquellas siluetas caprichosas le acercaban, cada vez más,
a un mundo indefinido poblado de huellas turbias y fantasmas que nunca debieron
existir y que el tiempo -¡siempre el tiempo!- debería haberse encargado de enterrar
bajo capas y capas de recuerdos inservibles. Pero nunca fue capaz de someter su
pasado...
El griterío de los niños y el sonido
metálico de unos cuantos rostros sin nombre le rescataron de un letargo incierto.
Suspiró. Abrió el bolso. Sacó las hojas de papel y se dispuso a escribir… “Cada paso que doy en el silencio /es un
salto de horror /en el vacío.. /.”
Apenas hubo esbozado unos pocos versos
cuando el día se oscureció. La luz, escapándose a trompicones por costuras
recién rasgadas, huyó aterida de frío y espanto. Antes de que nadie fuera capaz
de predecirla, la tormenta se anunció a sí misma entre un mar profuso de nubes
toscas y un hechizo de relámpagos, mudos e inquietantes, se instaló entre ellos.
Súbitamente, sin saber, ni entender, siquiera cómo, un abismo de truenos
surgido de la nada se desplomó sobre las voces anónimas que, entonces, llenaban
la plaza…
Por un momento tuvo una sensación
extraña. Fue un instante. Tan sólo un parpadeo… Pero había algo delirante en
aquella intermitencia de relámpagos serpenteando en el cielo. No acertaba a
identificar el motivo, ni la manera en que lo hacía, pero le turbaba el sonido aguardentoso
de aquel estruendo repentino.
Algo -no sabía bien qué, no sabía bien
cómo- le prevenía de la penumbra instantánea que destilaba ese cielo entoldado.
Y aunque el bullicio y tráfago seguían presentes… Aunque, en apariencia, todo
seguía igual –casi igual-, podía percibir el contorno de los nuevos silencios
que, poco a poco, se dibujaban en esa tarde de cenizas.
Para cuando
estalló había una emoción contenida en el aire y flotaba ya un aroma de
inquietud disfrazada… Un torbellino de lluvia se desató envolviéndolo todo.
Pudo observar, fugazmente, el movimiento frenético de la gente. Unos –los
menos- encontraron pronto refugio y pudieron resguardarse de aquel diluvio
implacable. La mayoría tuvo el tiempo justo para recoger sus cosas de las mesas,
antes de que se mojaran, y salir corriendo. Otros, como él, aceptaron lo que ya
comprendían inevitable y, simplemente,
se abandonaron –resignados- a esa especie de conjuro místico que suponía
notar la lluvia empapando la ropa, el cuerpo, los folios en blanco donde, esa
tarde -ahora tarde de plomo- había estado escribiendo un nuevo poema, o quizá
fuera el mismo poema de siempre, la misma y única palabra en que se redimen
todas las palabras.
Quizá por eso pudo verla. Quizá por eso
pudo percatarse de su paso quedo, de su presencia silenciosa entre las sombras
de los plataneros desnudos. No supo bien cómo apareció ni de dónde había
salido. Hoy no entendía nada. Pero eso apenas importaba porque su sola
presencia lo llenaba todo.
Permanecía en medio de la lluvia. Los ojos
cerrados. La cabeza ligeramente ladeada. Imperturbable. Ajena a todo. Diferente
a todos. Sin resguardarse. Sin apresurarse. Apurando, muda e inmóvil, el
tiempo. Uniéndose, en un abrazo invisible, a la lluvia.
Desde donde estaba pudo contemplarla
sin trabas. Paladear su silueta etérea. Saborear su ingravidez marchita. Pudo
observar el pelo cobrizo, casi rojo -casi fuego- apagándose bajo el aguacero,
cayendo sobre los hombros, resbalando, lacio, sobre el pecho. El cuello blanco,
finamente dibujado, elegante... No pudo seguir repasando cada línea, cada
curva, los pliegues de su cuerpo desusado, porque Ella, lenta, cadenciosamente,
rectificó la postura, irguió la cabeza y abrió los ojos.
Y al abrirlos, su mundo, su indolencia,
hasta él mismo, estallaron en mil pedazos y no pudo hacer nada sino bucear en
ellos. Y al sumergirse creyó escuchar que el alma, su propia alma desahuciada,
retumbaba golpeando en medio del desierto… Al mirarlos pudo ver unos ojos
turquesa interminables. Los ojos más tremenda y salvajemente tristes que
hubiera visto jamás en su vida. Llenos de una tristeza que, de grande,
resultaba eterna. Desolados hasta la infinitud… Perlados
por la lluvia… Anegados en un dolor irreconocible… Cargados con el lastre de un
tormento que le resultaba tan desconocido como inabarcable.
Supo, de pronto, que le bastaría con hundir las manos en esa mirada para acariciarle el alma entera… Y una vez más, sucumbió…. Una vez más se supo náufrago en aquella mirada sin orillas… Estaba absorto… perdido en aquel mar de ojos nublados. Cautivado por Ella. Era incapaz de dejar de mirarla… de rechazar un solo instante esa visión. Incapaz de apartarla de sí… No podía describirlo. No había palabras suficientes. No existía la palabra capaz de albergar tanta tristeza y misterio.
Supo, de pronto, que le bastaría con hundir las manos en esa mirada para acariciarle el alma entera… Y una vez más, sucumbió…. Una vez más se supo náufrago en aquella mirada sin orillas… Estaba absorto… perdido en aquel mar de ojos nublados. Cautivado por Ella. Era incapaz de dejar de mirarla… de rechazar un solo instante esa visión. Incapaz de apartarla de sí… No podía describirlo. No había palabras suficientes. No existía la palabra capaz de albergar tanta tristeza y misterio.
Ella le miró. Se sintió desnudo.
Insignificante. Un pálido reflejo del silencio de puntos suspensivos en que
había convertido su vida. Pero también, con claridad, pudo sentir la desnudez evanescente
y el sofocante sudario de soledad que Ella vestía. Ante su imagen, quieta, tuvo
la turbadora convicción de que todo era posible. Ante sus ojos, teñidos de mar
maldito, tuvo la certeza de que se podía vivir y morir arrasado entre mareas de
dolor y olas de melancolía.
Ella continuaba allí. Los dos seguían
allí. Las almas y los cuerpos empapados. Inertes… Inermes… En un movimiento
apenas imperceptible extendió la mano hacia él. Fue un gesto suave, delicado. Le
pareció percibir -no estaba seguro- una leve aureola envolviendo la mano. Pero quizá fuera sólo
imaginación suya… quizá un fugaz efecto de la seducción. Y sin
embargo una corriente inmaterial, intangible, le empujaba. Una fuerza oculta, a
la que no era capaz de oponer resistencia, tiraba de él hasta arrastrarle. No
era capaz de resistirse. Podía notar su derrota de antemano. Quizá porque había
estado deseando esa derrota desde el momento mismo en que la vio.
Notó cómo el suelo
desaparecía y se deslizaba bajo sus pies… cómo se desplazaba…. Notó la levedad
de su movimiento mientras se hallaba suspendido en el aire, sobre el suelo. Cuando
llegó a su lado ya había claudicado. Plegó las ansias y se dejó inundar por la sal de su mirada de
olas batientes... Ella recogió su mano entre sus dedos. Y al rozar la piel el
tiempo se paró. Y su mano se abandonó y vivió en Ella … Y el tacto frío y delicado bastó
para convertir sus ansias en deseo. Y el deseo en pasión y locura... No supo no
pensar en Ella. No supo no amar la
sima de sus dedos. No supo no desear los valles, cada playa de su cuerpo de
crepúsculo cerrado… a Ella entera.
Todas las mujeres, todos los seres, llevaban su rostro, sus ojos, su piel, su
aroma a noche sellada y rumor de tormenta.
Y entonces abrió la boca, caracolearon sus
labios de nieve, y, mirándole, tejió un susurro de voces que el viento acercó y
alejó de él a su antojo. Y amó aquel murmullo de desamparos trenzados. Y amó,
también, esa voz profunda… Amó la negrura de esa voz de hielo y escarcha. Amó
todo… cada sonido… cada palabra… Eran palabras de humo…. palabras de niebla… de
nubes y sueños... Palabras de otras épocas… de otros mundos… otros tiempos…
Y aunque no fue capaz de entenderlas
pudo sentir que algo se helaba y arrebataba dentro de él. Pudo sentir que
estaba en el centro mismo del Universo. Sentirse a merced del Todo y de la Nada. Sentir la
lluvia de una forma que nunca había percibido. Distinguir cada una de sus gotas,
su forma, la música que hacían al romper. Pudo sentir el beso del viento, la
caricia del temporal, el flujo perenne de la tempestad. Fue vida
y muerte. Fue trueno y relámpago. Luz y tinieblas. No sabía cómo pero era
totalmente consciente de que había rozado su condena. El vértigo eterno de
saberse sin principio ni fin. Y la amó y se convirtió en Ella… Fue Ella. Desde
lo más íntimo de su ser sintió que hubiera querido liberarla de ese castigo de
siglos… Hubiera querido tejer un manto de noches para espantar su eternidad
desierta… Construir un oasis de lunas para aventar su cansancio. Deseaba ser
todo… Redimirla…. Acabar con la penitencia de brumas que encadenaba su mirada
para siempre… Para siempre ocupar su lugar en la inmensidad del tiempo.
En ese momento,
justo en la cima del delirio, el caos se detuvo. Igual que empezó cesó de
golpe. La naturaleza recompuso su orden
y el laberinto, construido a golpe de deseos amontonados, se desmoronó como si un
dios lejano y sin nombre hubiera cortado los hilos invisibles que lo unían al
Universo. De repente se sintió abandonado… De repente se sintió a solas con su
recuerdo. Levantó la mirada humedecida…
No supo cuánto
tiempo estuvo así pero comprendió que había visto a través de Ella y
experimentado su dolor y vacío. Y comprendió también que todo había terminado,
que atrás dejaba sueños de orillas olvidadas y huellas de una eternidad
doliente… Cerró los ojos. Aturdido. Aún se sentía hechizado por aquel vahído
extraño, aquel embrujo maldito… El vértigo… Era consciente de él. Sacudió
fuertemente la cabeza y los abrió.
Sin que se hubiera dado cuenta, había
dejado de llover. El cielo se había abierto y dejaba entrever un reguero de
estrellas minúsculas. La tarde, ya casi noche, seguía siendo una tarde de
cenizas, pero algo había cambiado. Algo además de la lluvia cesada… El rumor de
vidas volvía a dejar su rastro en las calles. Pero nada era ya igual. Faltaba
Ella... Ella y su presencia silenciosa y plena... Aún esperaba ver el dibujo de
sus pasos pero, aunque miró en todas las direcciones, se había ido.
Acomodó el nuevo fantasma junto al
limbo de tiempos muertos que habitaba sus recuerdos y sonrió. Se sabía una isla
en medio de aquel paisaje que, más que nunca, se le antojaba una procesión de
otoños vacíos sin Ella…
Con Ella se fueron el paso quedo y la
melena cobriza.
Con Ella desapareció la lluvia y el
océano de su mirada inagotable.
Con el eco de su ausencia marchó la
sombra infinita entre los desnudos plataneros.
Con Ella se fue la tormenta.
Quizá fuera porque la tormenta vivía
dentro de Ella.
Quizá fuera, lo supo entonces, porque
Ella era la tormenta.
AGRADECIMIENTOS:
Gracias a Manuela Marín, convertida en cómplice lectora e improvisada correctora de estilo, aunque espero que no muy a su pesar.
RAMÓN IGLESIAS / ABRIL-2012
AGRADECIMIENTOS:
Gracias a Manuela Marín, convertida en cómplice lectora e improvisada correctora de estilo, aunque espero que no muy a su pesar.
RAMÓN IGLESIAS / ABRIL-2012
28 de febrero de 2012
30 de diciembre de 2011
28 de diciembre de 2011
SIGUE...
El más terrible de todos los
sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza muerta"
-Federico
García Lorca-
Detiene el paso… Mete la mano en los
bolsillos del alma… Levanta la mirada y mira… hacia dentro, hacia fuera y al
hacerlo se pregunta por qué la vida de algunos parece truncada… castrada.
Incapaz de mirar hacia delante, de sentir algo que no sea el vértigo de la
supervivencia… Lastrada con el fantasma de unos labios que busca en todos los
labios y no encuentra en ninguno… En silencio cree escuchar, apenas, el taconeo,
el trastabilleo renqueante de unos pasos huyendo… Sólo intuye el eco
desconocido, por lejano, por extraño, de una calle sin ida, sin vuelta… el limbo retorcido de un paraíso perdido… Una sombra prendida –prendada- de un alud de recuerdos
despeñados…
Pero la Vida sigue. Perpetúa su curso… Lanza
sus pasos al frente, sin detenerse, caminando por el filo de tardes saciadas de
frío y velos de besos dormidos en el recuerdo… A veces… gira la cara… cambia de
acera… niega el saludo… Continúa… Sin mirar atrás… Alimentándose a sí misma…
con las almas de los que quedaron un paso atrás… Satisfecha. A veces… cierra
los ojos... aprieta los dientes… acomoda el paso, la carga, pero no retrocede…
Avanza…Sin detenerse… Nunca… Sin esperar a nadie… Jamás…Sigue… Sólo sigue… A
pesar de todo… de todos… Sigue…
18 de septiembre de 2011
EL PUENTE DE LOS EXTRAÑOS
Y así acabó todo o quizás así
hubiera debido acabar todo. Nunca pudo llegar a saberlo. La tarde tranquila. El
sol, pendiente aún de refugiarse en el ocaso de sus horas, empezando a cargar
con el peso del atardecer. Y él… Él con paso lento. Suave. Sin prisas. Dejando
que cada paso se sucediera a sí mismo en una intermitente sucesión de huellas
sin dueño. Un rítmico goteo de voluntades anónimas que le conducía, al amparo
de la liviandad de los primeros días de otoño, sin rumbo fijo ni destino final.
Una imperceptible brisa mecía sus recuerdos arrinconados en forma de hojas muertas.
Pero él no lo sabía. Lo desconocía. Sólo caminaba, tranquilo, como la tarde.
Sólo paseaba su soledad sin amargura. Sin percibir el vacío que contagiaba cada
movimiento. La dulce inercia de saberse solo, de vivirse solo. El sosegado
ejercicio de digerir que nadie le esperaba y a nadie importaba. Como sentía él. Nadie importaba. A nadie esperaba...
A veces hacía un alto en el
camino. Llevaba unos años notando que el tiempo se abrazaba a él en un gesto de
surcos y arrugas mimosas. Necesitaba ese pequeño alto. Detenía el paso.
Levantaba la vista y observaba. No sabía bien qué. Miraba, sin ver. Buscando
sin buscar. Y en cada acechanza, en cada mirada, encontraba siempre la niebla del
pasado.
¿Continuará?...
26 de julio de 2011
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